HISTORIA DE VIDA LA RIOJA. No se dio por vencido. Don Cantalicio Oropel tiene 92 años, cuatro nietos y otros cuatro bisnietos. Vive en un pequeño pueblo llamado La Calera, ubicado a unos 15 kilómetros de la ciudad riojana de Chepes. Y esta semana fue noticia porque después de una vida dura, llena de privaciones y sacrificios, se convirtió en un ejemplo de superación: terminó la escuela primaria y recibió su diploma.

Amable, sencillo, humilde, trabajador y perseverante, según aseguran todos lo que lo conocen, éste hombre eligió seguir creciendo, aunque por su edad esté en el ocaso de su vida. “Aproveché la oportunidad que no tuve cuando era joven”, reflexionó Don Cantalicio en una entrevista que dio antes de recibirse.

La Calera es un pueblo del Departamento Rosario Vera Peñaloza, ubicado más de 300 kilómetros de la Capital de La Rioja. Tiene once casas, de las cuales hay cuatro desocupadas. Viven allí unas 35 personas. Se llega por un intrincado camino de tierra, con subidas y bajadas, con vados y cursos de agua que lo atraviesan en medio de los verdes cerros riojanos, lo que le da una belleza particular.

La casa donde vive Cantalicio está en la ladera de un cerro, rodeada de otros tres ranchos que él construyó con sus propias manos. Los algarrobos, los chañares, la jarilla y las tuscas adornan el lugar de pastos duros, verdes y amarillos por la crudeza del invierno.

La fiesta

Sus docentes Flavia Aguilera, Adriana Melián y Lorena Agüero organizaron una fiesta allí, el jueves a la mañana, para entregarle el diploma a Don Cantalicio y celebrar su logro. “Es una lección de vida y nosotros lo ponemos como ejemplo para los chicos jóvenes a los que a veces les cuesta dedicarse al estudio”, contaron las docentes.

Toda la familia del abuelo, incluidos sus dos hijos, participaron del brindis, aunque hubo un momento emotivo en el que se recordó a su compañera de toda la vida, Angélica Tobarez, con quien se casó en 1958 y murió hace dos años.

Para poder lograr la meta de Don Cantalicio, fue clave el Centro Educativo de Terminalidad, que le permitió finalizar sus estudios sin tener que viajar a Chepes todos los días. Las maestras lo visitaron cuatro veces por semana en el poblado, donde el abuelo cursó la modalidad Educación de Jóvenes y Adultos.

“A nosotros nos dice que él va a seguir estudiando porque todavía piensa vivir otros 15 años”, dijo la docente Flavia Aguilera, quien está segura que “si llegan a poner un nivel secundario, él seguiría sus estudios”.

Un vida sacrificada
Pero éste hombre no tuvo una vida fácil. “De chico con mis cuatro hermanos -2 varones y 2 mujeres-, quedamos huérfanos cuando murió mi madre y yo tenía 8 años. Nos cobijó un vecino, Segundo Flores, y su esposa Eulogia Tobarez, que tenían 6 hijos que ahora son mis hermanos de crianza”.

Nació en la Villa Casana, a unos seis kilómetros al oeste de La Calera, el 13 de mayo de 1926. Es hijo de Daniela Oropel, que murió durante el parto de su sexto hijo, a
los 38 años.

“De joven trabajé siempre en el campo. Como donde vivíamos no había trabajo, fui a Tucumán y trabajé en los ingenios azucareros. Después estuve en Mendoza podando olivos y pasé muchos años yendo a trabajar a San Juan en la cosecha de uvas en el verano y haciendo poda y zanjeos en los parrales para traer recursos a mi casa. Trabajaba al día o al tanto, según el trabajo que hubiera que hacer”, contó.

“En aquella época no había las posibilidades que tenemos hoy. En el campo no había escuelas ni nadie se ocupaba de enseñar. Nosotros éramos muy pobres y ahora veo que todo hubiera sido distinto si hubiese tenido un estudio”, aseguró.

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