En la pasada edición de Vivir Plenamente, nuestra querida amiga y columnista promotora de la lectura, Laila Daitter, realizó un homenaje muy especial y sentido, desde el corazón, para Manuel, un joven de 20 años, con un gran futuro en la literatura y que perdió trágicamente la vida el pasado viernes 13 de abril.

Manuel, tenía un don innato para plasmar en papel las sensaciones y sentimientos del mundo. “Manuel arreglaba el jardín de mi casa los días sábados, era un gran lector y escribía muy bien, eran tan interesantes que deseo compartirlos con ustedes.

“Autobiografía lectora”, en este texto remarca hechos de su niñez con una marcada presencia de sus abuelos.

Lo esencial es invisible a los ojos

De Manuel Agustín Maciel

Para contar mi relato iré muy atrás. Empezaré hablando de los  primeros años de mi infancia.  Recuerdo la brisa del verano, el olor a bizcochos dulces, la sonrisa y la voz mágica de mi abuela mientras me leía cuentos fantásticos. La melodía que ella  le daba a las palabras  encendía mi curiosidad por saber más sobre las aventuras de Pinocho.  Estallaba en carcajadas cuando los tres chanchitos hacían caer en la trampa de agua hirviendo al lobo feroz.  Ella sabía cuidar a un niño y yo no podía pedir más.

Cuando cumplí los seis años, descubrí los secretos que se encontraban dentro de las cuatro paredes de la escuela. Me seducía ir en la bicicleta con mi papá. El encuentro con mis amigos me hacía disfrutar el nuevo camino que se me presentaba.

Lo que más me emocionaba era ver a mi mamá a la salida de la escuela. Ella estaba parada esperándome con una sonrisa que me iluminaba el alma. Mientras regresábamos a casa yo le contaba todo lo sucedido en el día. Si tenía días malos ella encontraba la forma de hacerme reír de nuevo. Por entonces, no me daba cuenta de que ella me enseñaba el verdadero sentido de  acompañar a quien uno ama.

A los catorce años sucedió algo que me transformó. Fue una tarde del diecisiete de octubre, el día de mi cumpleaños. Mi hermana, con sus cuatro añitos me entregó una carta. Con sus manitos pequeñas me entregó ese papel doblado en varias partes. Sus ojos brillaban llenos de ansiedad. Entre los pliegues se veían letras grandes que decían “Feliz cumpleaños” y al lado había un pequeño corazón pintado de rojo.

Respondí con un gesto de desdén a aquello que, para mi hermana, era un tesoro. Mi abuelo Manuel estaba allí, observándolo todo. Se acercó a mí y me dijo: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Lo miré pasmado, sin entender. Entonces él me dijo que era una frase del libro El Pincipito. Me explicó que debía tener en cuenta el esfuerzo que puso mi hermanita para escribir con sus cuatro años y poner todo su amor en un corazón dibujado con crayones. Para mi pequeña hermana yo era el mejor compañero, el hermano mayor a quien admiraba, su lector de cuentos, su apoyo y su ejemplo. Aprendí, ese día,  a mirar a través de las personas, a  verlas más allá,  a tratar de descubrir el misterio que se esconde en ellas.

Hoy comprendo que en ese recorrido de letras de mi infancia había mucho más que literatura, ahí estaba yo mismo, creciendo en todos los sentidos.

Lo esencial es invisible a los ojos

De Manuel Agustín Maciel

Para contar mi relato iré muy atrás. Empezaré hablando de los  primeros años de mi infancia.  Recuerdo la brisa del verano, el olor a bizcochos dulces, la sonrisa y la voz mágica de mi abuela mientras me leía cuentos fantásticos. La melodía que ella  le daba a las palabras  encendía mi curiosidad por saber más sobre las aventuras de Pinocho.  Estallaba en carcajadas cuando los tres chanchitos hacían caer en la trampa de agua hirviendo al lobo feroz.  Ella sabía cuidar a un niño y yo no podía pedir más.

Cuando cumplí los seis años, descubrí los secretos que se encontraban dentro de las cuatro paredes de la escuela. Me seducía ir en la bicicleta con mi papá. El encuentro con mis amigos me hacía disfrutar el nuevo camino que se me presentaba.

Lo que más me emocionaba era ver a mi mamá a la salida de la escuela. Ella estaba parada esperándome con una sonrisa que me iluminaba el alma. Mientras regresábamos a casa yo le contaba todo lo sucedido en el día. Si tenía días malos ella encontraba la forma de hacerme reír de nuevo. Por entonces, no me daba cuenta de que ella me enseñaba el verdadero sentido de  acompañar a quien uno ama.

A los catorce años sucedió algo que me transformó. Fue una tarde del diecisiete de octubre, el día de mi cumpleaños. Mi hermana, con sus cuatro añitos me entregó una carta. Con sus manitos pequeñas me entregó ese papel doblado en varias partes. Sus ojos brillaban llenos de ansiedad. Entre los pliegues se veían letras grandes que decían “Feliz cumpleaños” y al lado había un pequeño corazón pintado de rojo.

Respondí con un gesto de desdén a aquello que, para mi hermana, era un tesoro. Mi abuelo Manuel estaba allí, observándolo todo. Se acercó a mí y me dijo: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Lo miré pasmado, sin entender. Entonces él me dijo que era una frase del libro El Pincipito. Me explicó que debía tener en cuenta el esfuerzo que puso mi hermanita para escribir con sus cuatro años y poner todo su amor en un corazón dibujado con crayones. Para mi pequeña hermana yo era el mejor compañero, el hermano mayor a quien admiraba, su lector de cuentos, su apoyo y su ejemplo. Aprendí, ese día,  a mirar a través de las personas, a  verlas más allá,  a tratar de descubrir el misterio que se esconde en ellas.

Hoy comprendo que en ese recorrido de letras de mi infancia había mucho más que literatura, ahí estaba yo mismo, creciendo en todos los sentidos.

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