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21 septiembre, 2020
VIVIR PLENAMENTE
Laila E. Daitter

”Cabalgando con mis hormonas” de Groucho Marx I Por Laila Daitter

En nuestro último programa, nuestra columnista y querida amiga, la escritora, Mag Laila Emilia Daitter nos deja un cuento llamado ”Cabalgando con mis hormonas” de Groucho Marx. 

El humor de los hermanos Marx sigue siendo hoy tan actual como en los años veinte, y sus películas se han convertido en clásicos y puntos de referencia indiscutibles del género. 

La brillantez de los diálogos, la comicidad de las situaciones, y sobre todo el continuo reírse de todos los valores y las instituciones establecidas, son los rasgos que han hecho perdurar sus obras. Groucho Marx no sólo hizo gala de su humor en la pantalla, sino que colaboró en programas de radio y televisión y fue autor de varios libros, entre ellos están Memorias de un amante sarnoso, un recuento desopilante de anécdotas sobre su vida en Hollywood y sobre sus hermanos, así como socarronas reflexiones sobre el amor, la ¿fiilosofía marxista, según Groucho? y otros temas.

”Cabalgando con mis hormonas”

”Las modas en medicina cambian casi tan a menudo como las ropas de la mujer. La panacea de la salud actual se convierte en el tóxico mortal de mañana. Muchos de los expertos en coronarias aterrorizan actualmente a sus pacientes con los terrores del colesterol. El hombre gordo de hoy en día se debate entre la glotonería y la supervivencia. Le han advertido que, si no elimina su exceso de grasas, está a medio camino del cementerio.

Los alimentos que se recomiendan actualmente son tan apetecibles como una dieta constante de papel secante. Los huevos son veneno y la gente rica que normalmente desdeñaba la margarina se relame ahora los labios como si fuera algo digno de comerse.

Anoche tomé la típica cena libre de colesterol: calabaza hervida, leche descremada y gelatina. Estoy seguro de que esto no me hará vivir más tiempo, pero creo que la existencia me parecerá más larga.

Recuerdo la época en que todos los niños eran operados de las amígdalas, si sus padres tenían dinero. Conocí a un chico que tenía un defecto en el paladar. Su madre lo llevó al médico. Aquel fisiólogo eminente no sabía cómo curar aquel defecto. Sin embargo, necesitaba urgentemente cierta suma de dinero para pasar otro año en la escuela médica y le arrancó las amígdalas. La madre quedó tan agradecida por el hecho de que le quitara las amígdalas a su hijo que, como extracción adicional, le permitió que le sacara también a ella el apéndice. Al cabo de unos meses se fugó con la mujer. El dinero también lo puso ella, pero ésa es otra historia.

Hace algunos años, el Testosterone ocupó las páginas principales de los periódicos. Se trataba de un suero mágico, procedente de Viena, que se había extraído de cierta parte del caballo. No voy a explicar públicamente de qué se trataba. Le diré únicamente esto: si no existiera esa parte, actualmente no habría ningún potro.

La teoría consistía en que si tomabas doce dosis de ese suero en un periodo de tres meses, conseguías el vigor y la vitalidad de un semental de cuatro años. Para un hombre de presión arterial baja y de ocasionales tendencias suicidas, aquello parecía simplemente el hallazgo de la legendaria fuente de la juventud y todo lo que esto implica.

Una hora después de haber leído aquel artículo apasionante, me encontraba en el despacho del médico recibiendo la primera inyección. Cada mañana, al levantarme, miraba lleno de esperanza el espejo en busca de mi desesperada juventud. Vi muchas cosas en aquel espejo. Vi un rostro decrépito con indicios de degeneración, unas mejillas flácidas y el hueco producido por quince o 20 dientes al caer. Lo que no vi por ninguna parte, sin embargo, fue algo que se pareciera a lo que yo esperaba.

Después de que el médico me diera el duodécimo jeringazo mágico, llegué de mala gana a la conclusión de que también aquello era una trampa y un engaño, que el médico era un bandido de perspectiva feliz, que lo que me había imaginado era un espejismo sexual al que no podría llegar nunca, a menos de que hubiera algo cierto respecto a esa estupidez de la reencarnación.

Al cabo de unos meses, mientras me dirigía a la casa de caridad, me encontré casualmente con aquel charlatán —quien iba camino del banco— que, hasta ahora, me había quitado de los pantalones 240 dólares y se los había metido en los suyos.

— ¡Groucho! —exclamó, retrocediendo unos pasos a fin de observarme—. No, no puedes ser Groucho. ¿Eres tú el mismo hombre que vino a verme hace tres meses y que era una completa ruina? Si tienes el aspecto de un hombre que no ha cumplido aún 30 años. ¿Estás seguro de que no eres Tony Curtis?

—Claro que estoy seguro —dije de malos modos—. Soy Groucho Marx, y si aún no está usted convencido, iré a casa y le traeré mi licencia de conducir para que la vea.

Sonrió de un modo falso, pero prosiguió hablando con obstinación:

—Supongo que las dosis de Testosterone resultaron efectivas, de lo contrario habrías vuelto a visitarme. Estás como nuevo.

Luego preguntó, estrujando mi dinero en su bolsillo:

— ¿Cómo te encuentras?

—Me encuentro acabado.

—Hum —gruñó mientras se acariciaba la oreja izquierda en una actitud reflexiva—. ¿Quieres decir que las inyecciones no surtieron efecto?

—Oh, las inyecciones me fueron estupendamente, doc, pero la medicina era un asco.

—Veamos —insistió—, ¿es que el Testosterone no te ha hecho nada al fin y al cabo?

—Bueno, sí que ha hecho —admití—. Ayer estuve en el hipódromo de Santa Anita e hice una milla en 2 minutos y 10 segundos.»

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